A Samuelson.
- Tú me estás viendo el calzón. ¡Eres un mañoso! ¡Le voy a llamar a mi mamá!
Era un día de poca luz. Mis zapatos estaban algo sucios, había una rara combinación con el suelo también algo opaco. No existía ningún ser que se hallase cerca de nosotros dos.
- Yo no te estoy mirando el calzón.
De pronto recuerdo cómo veía mis manos. "¿Mi corazón podrá ser tan chiquito?", trato de atinar hoy lo que habría podido preguntarme a mí misma hace un buen tiempo. Mi vestido era celeste y mi larga cabellera negra conformaba la más extravagante lucha entre la paciencia de mi madre, el cepillo de peinar y yo. Obvio que no es momento de pensar en eso, pero estaba sentada justo en el sillón donde ocurría siempre esa batalla campal. Aún oigo mis gritos, sus gritos, luego sus besos.
- Entonces, ¿qué estás haciendo?, consulté ansiosa.
Cuando recuerdo mis ojos, veo la dulce sonrisa de una pequeña niña que no tenía ni la mínima intención de crecer, de vivir. Somos seres tan perfectos cuando niños; no creemos en lo imposible, tampoco sabemos qué cosas son posibles. Amamos sin saber amar. Reímos porque el cielo está claro y las aves nos juegan bromas escondiéndose para no poder contarlas bien. Yo era igual que todos, vivía el presente; ahora, como nadie.
- Siéntante bien, levantando la voz me dijo.
Recuerdo levemente cuando corría detrás de él para pedirle que me invitase un caramelo. Le lloraba efusivamente. Él nunca me respondía. Cuando estuve rendida, a penas y se acercaba a mí. Me sonreía: había ganado.
- ¡Yo sí me siento bien!, respondía confundida.
En mis manos llevaba además un lazo pulcro. De más o menos dos dedos de ancho y unos 30 cm de largo. Creo que mi mamá no me había peinado aún.
- Siéntate bien y luego te digo si está bien sentada de verdad.
Seguía mirando la cinta entre mis manos, esta vez enfoqué a la falda de mi vestido, cubierta de varias circunferencias amarillas y celestes. Me preguntaba por momentos qué estaba haciendo mal, jamás me sentí derrotaba, ni mucho menos agobiada; la curiosidad era tal en ese momento que empecé a pensar.
- Ya espérate, asentí.
Toque luego mis rodillas, cada mano con cada una de ellas; las moví, las manipulé. Había hallado el efecto del buen sentar. Quise equivocarme también.
- ¿Así?, pregunté desafiante.
-No, así no.
- ¿Así?, con un humor tímido y de intriga.
-Sí, así, concluyó por fin.
Había comprendido en ese momento que estaban enseñando algo nuevo. Mi madre no estaba ahí para reñirlo por la ropa que se tornaría sucia, mi padre tampoco estaba cerca para felicitarlo por haber hecho algo bueno.
- Y, ¿cómo sabes que así no se ve?
- La manera correcta de sentarte es juntando tus pies y tus rodillas. No solamente tus pies, ni tampoco solo tus rodillas. Yo veía tu calzón hasta que se sentaste bien. Ahora no se ve nada y ya te sientas muy bien.
Se levantó de pronto. Llevaba en sus manos algo que no recuerdo muy bien. Sus ojos sí, eran igual a los míos, tan claros, tan puros. Él en ese momento me había hecho ruborizar, también reír, y de pronto alegrarme por ser alguien mejor y saber cómo sentarme.
El piso estaba sucio. Menos mal que mi madre nunca lo vio. Siempre vi sus ojos mientras acomodaba su cabeza a lado de mis pies. Yo lo recuerdo. Fue lo primero que me enseñó.